Aquí los partidos pasan años en el poder ignorando problemas que afectan a la gente y, tan pronto abandonan el gobierno, descubren de repente todo lo que anda mal en el país. Es un espectáculo repetido hasta el cansancio: los mismos que ayer callaban, hoy gritan; los mismos que justificaban, ahora condenan.
Ahí está el anticipo, una carga que durante décadas golpeó a miles de pequeños y medianos empresarios obligándolos prácticamente a adivinar cuánto ganarían en el futuro para pagar impuestos por adelantado. Pasaron gobiernos de distintos colores políticos y pocos se atrevieron a enfrentarlo. Hoy abundan los discursos que antes brillaban por su ausencia.
Lo mismo ocurrió con el Código Penal. Durante años nadie quiso asumir el costo político de modernizar una legislación que parecía sacada de otro siglo. Ahora sobran los análisis y las críticas, pero faltan explicaciones sobre por qué se dejó dormir tanto tiempo.
La inflación, el alto costo de la comida, los apagones, la factura eléctrica y los combustibles son otros capítulos de la misma novela. Cada oposición acusa al gobierno de turno de los problemas que tampoco pudo resolver cuando tuvo el poder en sus manos.
La gasolina sube y protestan. La comida aumenta y protestan. La luz falla y protestan. Pero cuando gobernaron, las soluciones nunca llegaron con la velocidad de sus críticas actuales.
No es un artículo a favor del gobierno ni de la oposición. Es una crítica a una práctica que se ha convertido en tradición nacional: exigir desde la oposición lo que no se hizo desde el poder.
Porque el problema de la política dominicana no es solo que muchos prometen y no cumplen. Es que después actúan como si nunca hubieran tenido la oportunidad de hacerlo.
Y mientras los políticos cambian de asiento, los problemas siguen ocupando el mismo lugar en la mesa de los dominicanos.