Hoy cualquiera puede necesitar un hospital, un seguro, una respuesta rápida. Y cuando la confianza en el sistema se quiebra, el miedo se instala en silencio.
Hay temas que sacuden más que otros y este caso de SENASA, ha dolido más porque toca a la salud, y la salud nos atraviesa a todos, sin distinción de clases, ideologías o edades.
El dinero destinado a la atención médica no es una cifra abstracta. Es una cita que llega a tiempo, un diagnóstico oportuno, un tratamiento que da esperanza. Cuando esos recursos se ven comprometidos, el impacto no se mide solo en balances, sino en vidas que quedan en pausa.
Por eso la indignación ha sido tan profunda. No se trata únicamente de presuntos movimientos irregulares ni de expedientes en curso. Se trata de una sensación colectiva de vulnerabilidad. Hoy cualquiera puede necesitar un hospital, un seguro, una respuesta rápida. Y cuando la confianza en el sistema se quiebra, el miedo se instala en silencio.
Cuando pensábamos que dábamos nuestros primeros pasos de avance en el acceso a los servicios de salud, hoy se percibe como un retroceso, como si algo que apenas empezaba a consolidarse volviera a tambalearse.
Muchos se preguntan por qué sucede, incluso cuando quienes administran recursos no enfrentan carencias. Tal vez no sea una cuestión de necesidad, sino de conciencia. De entender que hay límites que no deben cruzarse, especialmente cuando lo que está en juego es el bienestar colectivo.
Este momento exige algo más que indignación pasajera. Exige reflexión, responsabilidad y memoria. Porque tocar los fondos de la salud, con miles de millones de pesos, no es solo un error o un abuso: es afectar a todos. Y como sociedad, estamos llamados a decidir si eso será algo que seguimos normalizando… o algo que definitivamente no estamos dispuestos a aceptar.